TODO ESTÁ EN MOVIMIENTO. No se puede concebir la vida sin él, desde el micro-organismo más minúsculo hasta el ser vivo más grande y feroz son una prueba real de ello. Lo único inerte en nuestra existencia es lo que no tiene vida.
Observa a tu alrededor, mira las abejas buscando el polen de las flores; las hojas de los árboles bailar al ritmo del viento; la semilla transformarse en el silencio y calor de la Tierra; Observa el agua del río correr presurosa para encontrarse con las olas del mar; las hormigas trabajar; la sonrisa de un niño aprendiendo a caminar.
El universo entero vive en constante cambio y éste solo es posible gracias al movimiento. Bajo esta lógica, los niños y niñas también son una expresión de esto, su cuerpo, mente y espíritu necesita moverse, tocar, sentir, experimentar para poder surgir; sin embargo las dinámicas actuales sociales y culturales nos han llevado a vivir desconectados de esta necesidad tan básica para cualquier ser viviente.
«Trabajo y movimiento son una sola cosa. La vida del hombre, como la de la
sociedad, se halla estrechamente ligada al movimiento». María Montessori
María Montessori en su apuesta pedagógica resaltaba el movimiento como un aspecto importante para el desarrollo de la vida; pues desde su trabajo investigativo logró re-descubrir que la coordinación de los movimientos es una gran conquista física y psíquica del ser humano; y por ende el surgimiento de la infancia y el desarrollo de sus habilidades físicas, cognitivas, sociales y emocionales dependían de ello.

Afortunadamente cada vez surgen más investigaciones desde la neurociencia que evidencian los beneficios a nivel neuronal de la actividad física y las experiencias que impliquen movimiento, resaltándolos como un aspecto básico para la adquisición del carácter, el aprendizaje y el desarrollo socioemocional. Ahora bien, la realidad de muchos niños y niñas en la actualidad dista mucho de contar con experiencias que les permitan moverse en diferentes niveles desde edades tempranas, pues el estilo de vida moderno está girando cada vez más hacia el sedentarismo y la virtualidad, relegando toda la complejidad de esta tendencia humana a la clase de educación física en el mejor de los casos.
En este sentido, si queremos que la vida que está a nuestro alrededor pueda surgir en las mejores condiciones es imperativo tener en cuenta esta necesidad primaria, pues como lo plantea Harari (2011) en su libro Homo Sapiens: De animales a dioses aunque estemos rodeados de tecnología, aunque podamos comprar todo lo que necesitamos a la distancia de un click seguimos siendo los mismos homo sapiens de hace 30.000 años, nuestro cerebro no ha cambiado tanto ¿Entonces porqué nuestro estilo de vida y el de la infancia está tan distanciado de nuestras necesidades más genuinas?
Somos la única especie animal que nace sin ningún movimiento preestablecido, cada bebé que nace al mundo tiene los mismos músculos y conexiones neuronales que muchos otros que nacieron ese día, sin embargo con el pasar de los años su cuerpo y mente serán diferentes y habrán desarrollado distintas habilidades. Para Montessori (1947) esto ocurre porque el movimiento debe ser creado y perfeccionado a través de la experiencia y las prácticas sobre el ambiente; los músculos cuya actividad depende directamente del cerebro son movidos por la voluntad del individuo y la voluntad es una expresión de la psique.
“Tener una visión del plan cósmico, en el que toda forma de vida depende de
movimientos dirigidos que tienen efectos más allá de su objetivo consciente,
es entender el trabajo del niño y ser capaz de guiarlo mejor.”
Teniendo en cuenta lo planteado anteriormente, queda que nos preguntemos como adultos que acompañamos a niños, niñas y adolescentes:
¿Qué lugar le doy yo al movimiento en mi vida?
¿Qué lugar le doy yo al movimiento en mi práctica docente o en mi labor como mamá, papá o cuidador?
¿Cómo poder generar ambientes preparados físicos y psíquicos que beneficien la libertad de movimiento en las distintas etapas de la vida?


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