
Según Eduardo Galeano, “Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me ha dicho que estamos hechos de historias”. Y es que, desde el inicio de la humanidad, el lenguaje ha construido realidades y civilizaciones. Es imposible vivir sin palabras, así como es imposible vivir sin comunicarnos. Esta idea resulta fascinante si nos detenemos un momento a observar el lugar que ocupan las palabras en nuestra vida cotidiana.
Desde el amanecer hasta el anochecer, las historias nos acompañan: en el camino al trabajo o al colegio, en la radio, en las redes, en la tienda… Las palabras aladas viajan de un lado a otro llenando de sentido nuestra existencia. Tal vez en el ritmo acelerado del día a día no seamos del todo conscientes de ello, pero los niños y niñas —esos grandes maestros— sí lo son. Ellos no tienen otra opción: un bebé recién nacido solo puede habitar el mundo a través del lenguaje. Desde mi rol como madre y como profesional he podido observar cuán vital es la oralidad en nuestras vidas, y por eso hoy quiero compartir esta reflexión.
Desde que nacemos nos vemos enfrentados a un ambiente gobernado por la oralidad; nuestro primer contacto con la realidad llegó por medio de caricias, olores, sonidos y palabras que como flechas a través de nuestras caracolas calaron firmes en nuestros corazones. Y así poco a poco entre ecos de palabras que volaban a nuestro alrededor nos fuimos insertando en el mundo y aprendiendo a estar y ser en él. Son muchos años los que pasamos en un mundo gobernado por la oralidad, mucho antes de aprender a descifrar los mensajes ocultos en unos garabatos, nuestra vida surgía entre arrullos, cancioncillas, rimas y cuentos, como lo plantea Irene Vallejo (2021) en cada ser humano que nace se cumple a pequeña escala el mismo tránsito que hizo la humanidad desde la oralidad a la escritura.
Y es que, así como muchos años atrás la revolución cognitiva (Harari, 2014) nos permitió como especie poner en acción nuestra facultad imaginativa; la capacidad de crear y contar historias en tribu nos permitió encontrarnos, reconocernos y así construir redes de cooperación que han dejado su huella hasta hoy; estos sonidos con significado nos ayudaron a darle sentido a nuestra existencia y de este modo poder transmitirlo a las siguientes generaciones; sin embargo en ese entonces el lenguaje oral era efímero y por tanto vulnerable al olvido y esto en el largo plazo se convertiría en un inconveniente cultural, los pueblos necesitaban preservar sus leyes, sus creencias, sus conocimientos, su identidad. Si no lo hacían cada generación tendría que volver a empezar desde el principio (Vallejo, 2021).
En consecuencia, a partir de esta necesidad cultural nuestra especie desarrolló respuestas adaptativas según el territorio donde habitaba; y es así como esa palabra que antes volaba susurrante entre las personas se iba a cristalizar a través de los libros. Allí entre las texturas del papiro, el pergamino y el papel las palabras quedaron petrificadas como un desafío al tiempo y al olvido. El acto de escribir alargaba la vida de la memoria, impedía que el pasado se disolviera para siempre (Vallejo, 2021) y pudo así cambiar nuestra historia.
“LEER ES SIEMPRE UN TRASLADO, UN VIAJE, UN IRSE PARA ENCONTRARSE. LEER, AUN SIENDO UN ACTO COMUNMENTE SEDENTARIO, NOS VUELVE A NUESTRA CONDICIÓN DE NÓMADAS” ANTONIO BASANTA
Sin embargo, como los cambios que ocurren a fuego lento en la profundidad de la tierra o del mismo universo; el tránsito entre la palabra hablada y escrita fue progresivo, lento e inacabado pues aún hoy en día la oralidad resiste los embates del tiempo. Se podría decir entonces que los cambios producidos entre la oralidad y la escritura se pueden medir en años estalactita (Vallejo, 2021) pues poco a poco, como gotas que resbalan en la piedra y dejan detrás finos regueros de calcita, las letras crearon nuevas conciencias y mentalidades.
Y fueron esas nuevas conciencias y mentalidades las que construyeron y construyen el mundo de hoy; Como especie seguimos necesitando de las palabras habladas y escritas para comprender nuestra existencia y contribuir al mundo. Nuestros antepasados contaban historias para espantar el miedo; se trata de una de las rutinas que nos han moldeado como especie y que se han convertido en parte indispensable de nuestro día a día.
En efecto somos seres orales, nos gusta contar y escuchar historias; los infantes noveles en esto de vivir encuentran entonces en los cuentos y relatos contados un escenario perfecto para adentrarse en el mundo y responder al llamado que desde hace muchas generaciones nos ha congregado alrededor de un fuego.
De hecho, el primer contacto que casi todos hemos tenido con la literatura ha sido con la lectura en voz alta en el país de la infancia (Vallejo, 2021), cuando los gestos, onomatopeyas y animales personificados se convertían en los protagonistas de nuestro show privado donde mamá, papá o quien hacía las veces de juglar desplegaba todo su repertorio invitándonos a imaginar y soñar. O como lo relata Irene Vallejo en su magnífica obra el infinito en un junco (2021) Aquel tiempo de lectura me parecía un paraíso pequeño y provisional- después he aprendido que todos los paraísos son así, humildes y transitorios.
Y es que, si hemos tenido la suerte de que nos leyeran en la infancia, es inevitable recordar ese espacio como un lugar privado, casi que mágico donde las palabras escritas viajan a través de los ecos, inundando el espacio de certezas, preguntas y mucha paz. Desde tiempos remotos los seres humanos hemos creado una serie de rituales para luchar contra la incertidumbre de un mundo en constante cambio; los rituales nos dan orden, estructura, seguridad y en la infancia estas habilidades son fundamentales. Por tanto, que la lectura en voz alta sea una excusa para encontrarnos alrededor de la palabra pues “leer es un ritual que implica gestos, posturas, objetos, espacios, materiales, movimientos, modulaciones de voz y de luz. Para imaginar cómo leían nuestros antepasados necesitamos conocer en cada época, esa red de circunstancias que rodean el intimo ceremonial de entrar en un libro. (Vallejo, 2021, pág. 18)
Podemos decir entonces que leerle con los niños y niñas puede llegar a ser una experiencia emocional y emocionante, configurándose como un ritual que le da sentido su existencia; retomando a Vallejo (2021) convirtiéndose en un paraíso pequeño y provisional donde se puede crear el ambiente preparado psíquico y físico (Montessori, 1937) necesario para aprender a ser en el mundo, para estar en el aquí y el ahora.
En últimas el acto de leer y escuchar la narración de historias, permite en los niños, niñas y adolescentes desarrollar el sentido de la atención y presencia plena, centrándose en el aquí y el ahora, conectando con su ser porque Si alguien lee para ti, desea tu placer; es un acto de amor y un armisticio en medio de los combates de la vida.
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